Amanecía un nuevo día en Croacia y tras despedirnos de la casa de Darío (sin escribir en su libro de dedicatorias, lo que seguro nos valió enfadarlo un poquito más) fuimos a descubrir Sibenik.
A estas alturas del viaje (¡y lo que quedaba!), ya teníamos a Yoli hasta la moñeta de caminar y subir escaleras, así que lo primero que hizo al llegar al centro, fue sentarnos en una terraza para tenernos quietas un rato. La verdad es que escogió bien, y en este rinconcito estuvimos súper a gusto.
Sibenik es la ciudad más antigua fundada por dálmatas croatas en esta costa este del Adriático. Venecianos, austrohúngaros, yugoslavos, la Italia fascista, la Alemania nazi…todos ellos se adueñaron de estas tierras. Desde el desmembramiento de Yugoslavia, Croacia alcanzó su independencia en 1991 y en ese año Sibenik sufrió durísimos ataques que le llevaron a ser destruido en gran parte. Parece que fue ayer, y sin embargo hoy es una ciudad costera preciosa con mucho, muchísimo encanto.
Me encantó su centro repletito de casas de piedra cuidadísimas, con balcones de forja y coloridas contras de madera en las ventanas.
La plaza de la República es de las más bonitas de esta ciudad. Luz, color, cercanía y un ambiente acogedor es lo que predomina aquí❤
Recorrimos su bonito paseo marítimo sentándonos y colgando nuestros pies sobre su mar azul, contemplamos en lo alto la Fortaleza de San Miguel, le robamos una foto al doble de uno de nuestros amigos de Lugo ante la Catedral de Santiago y…Yoli no protestó por caminar ahí.
¿Sabías también que Sibenik, como muchas otras ciudades croatas, fue escenario en Juego de Tronos? Es muy popular que en estos sitios en los que se rodó la serie, la gente haga rutas por los distintos puntos de grabación y, como no, encontrarás tiendas dedicadas exclusivamente a ello.
Camino de Split, (nuestro «hogar» para las siguientes 2 noches que finalmente fueron 3) decidimos parar a comer y conocer Trogir. No exagero cuando digo que no vi lugar feo en este país. Trogir es otro de esos pueblecitos costeros ultra cuidados, con callejuelas estrechas en las que flores, lucecitas o esas contras que me enamoraron, dan su toque característico.
Lo primero que vimos fue un mercado cercano al puerto, cargado con muchas de las cosas que más se venden en Croacia: lavanda, higos, aceite… En cualquier mercado o calle aquí, no puede faltar un puesto morado con esos saquitos perfumados❤️ Después, en su paseo marítimo probamos uno de sus platos típicos: peka.
En Split nos quedamos en un apartamento en el que también estuvimos muy cómodas. En Croacia te diré que nos llamaba la atención, y casi nos intimidaba un poco, el aspecto físico de muchos chicos: eran altísimos, muy musculosos y con pinta de soldados o hasta de mafiosos (no exagero). De hecho, nos vino a cobrar uno así al propio apartamento y de entrada hasta desconfiamos, pero el pobre parecía un buenazo. No obstante, Yoli no estaba tranquila y decidió tomar medidas.
Un poco más tarde recibimos otra visita: «do you have salt«? Los vecinos de al lado decidieron venir a buscar sal y a mirar qué se cocía por nuestros dominios. Yoli aseguró la silla un poco más…
Esta ciudad nos encantó, ella en sí misma y todo lo que pudimos hacer cerca, por lo que decidimos alargar nuestra estancia un día más. Aquí fuimos a la playa (5 minutos, que luego nos saldría caro a Bea y a mí), hicimos un amago de salir de noche y también un crucero en barquito por un montón de sitios bonitos de esta costa. Te cuento en nada ese día, ¡de los mejores!